Chicán, pueblo en el olvido que creó un lenguaje para sordomudos

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Chicán, Yucatán.-De grandes hazañas humanas se escribe y se habla a diario con profusión. De los portentos de pueblos enteros por sobrevivir en condiciones de alta marginación, poco, si no es que nada. En Chicán, 640 indígenas mayas se comunican a señas inventadas por ellos mismos para criar a 18 de sus sordomudos.

En un resquicio de la selva de Yucatán, inexistente en el imaginario de los políticos, se cuentan los 18 sordomudos; hace 25 años eran 130. Se han ido muriendo por causas prevenibles o naturales.

Chicán es una comisaría del municipio Tixméhuac, enclavado en la selva del cono sur de la inconmensurable planicie yucateca. Son 640 niños, jóvenes, adultos y ancianos orillados por la pobreza a la marginación y al precario autoconsumo. Se comunican con los sordomudos a señas mediante un lenguaje inventado por ellos, que nada tiene que ver con el método universalmente usado.

Cuando se transita por la carretera Mérida-Chetumal el conductor y sus acompañantes saben o por lo menos intuyen que a sus costados, en el interior de la selva, la pobreza hace mella entre miles de personas. Al desviarse sobre una carretera secundaria de un solo carril, con el pavimento de cinco centímetros de grosor, hundiéndose y formando cráteres sobre la plancha de grava y chapopote, rumbo a Kimil, resulta difícil pensar que en esas condiciones de soledad y abandono puedan vivir más personas e incluso kilómetros adelante.

Es Chicán la comisaría –fundada no se sabe exactamente cuándo–, los habitantes saben que tres familias, los Ek, los Chi y los Canté, llegaron hace, por lo menos 100 años al lugar que –hoy también– el tiempo, el desarrollo, la tecnología, la educación, el crecimiento de las grandes metrópolis y la economía han ignorado.

En aquel tiempo –inicios del siglo pasado– las tres familias se asentaron en un descampado que forma una pequeña colina. Erán católicos y fueron los únicos en habitar en esas tierras para sembrar maíz, para autoconsumo. El grano lo utilizan sólo para sobrevivir: Este año apenas hubo buena cosecha; pero en los dos que pasaron nos fue mal; sembramos calabaza, un poco de espelón (variedad de frijol de origen africano, traído a la península por los conquistadores españoles) y un poco de maíz, recuerda, lacónica, la señora Patricia Co.

Aquellas primeras familias pobladoras, que ya tenían lazos de parentesco, se unieron aún más al aceptarse matrimonios entre sus hijos.

Los descendientes de las primeras parejas presentaban problemas de audición y habla. El primer niño sordomudo de la comisaría –quien aún vive y se llama Teodoro– ya es un anciano de 86 años que es auxiliado por todos en el pueblo. Se le respeta con reverencia; es don de gente, dicen por acá. El viejo es sonriente; ni su dificultad para caminar lo desanima, continúa alegre mostrando su escasa y deteriorada dentadura.

Él fue uno de los primeros sordomudos que comenzaron a inventar un código de señas. Lo hacía con sus mayores, y mientras más niños nacían con esa dificultad su práctica se extendió en la comisaría. Su lenguaje ha dejado perplejos a especialistas estadunidenses y canadienses, quienes han permanecido en Chicán para descifrar la comunicación de estos indígenas mayas.

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